sábado, 25 de febrero de 2012

Iñaqui Urdangarín y la Infanta Cristina: Boda de archivo


Iñaqui Urdangarín y la Infanta Cristina se casaron en la catedral de Barcelona el 4 de octubre de 1997. Barcelona entera vistió de gala edificios, balcones y ventanas para festejar la boda de la hija menor de los Reyes de España, y se repartieron millares y millares de claveles entre todos los ciudadanos, que aquel soleado día otoñal quisieron ser testigos del enlace. 

¿Por qué Barcelona?
La infanta Cristina eligió la Ciudad Condal y pero no fue una elección fortuita o al azar. Barcelona era la ciudad de la que se había enamorado y en la que había encontrado al hombre con el que pensaba compartir el resto de su vida, y era a la vez el lugar donde la infanta Cristina en la que había encontrado la vida a la que tantas veces había hecho referencia la prensa con la frase mil veces publicada: “como cualquier joven de su edad”. 

Había sido además su lugar de residencia en los últimos años (desde 1992, año olímpico en el que se trasladó a Barcelona para entrenar con sus compañeros del equipo de vela. Luego se matricularía en un curso de Relaciones Internacionales en la Unesco y se comprometería a participar en la organización del Campeonato del Mundo de Vela adaptada, que se celebraría con ocasión de los Juegos Paraolímpicos. Con el tiempo, aprendió catalán, buscó un trabajo en la Fundación Cultural de La Caixa y convirtió Barcelona en su lugar de residencia habitual). 

El regalo de la Ciudad Condal a los novios
Los barceloneses, acostumbrados a ver la Infanta por sus calles, quisieron, quizás por haber elegido su ciudad como escenario para la boda, ofrecer un presente muy especial a la pareja la víspera de su enlace: organizaron un gran espectáculo de fuego, agua, luz y música en la fuente mágica de Montjuic, junto al Palacio de Congresos.
El novio llegó a la Catedral de Barcelona a las 10.40 de la mañana del brazo de su madre y madrina, doña Claire Liebaert. Veinticinco minutos después y a los sones del himno nacional, lo hacía la novia, cuyo cortejo encabezaban los duques de Soria, seguidos de la infanta doña Pilar y su hijo mayor, Juan Gómez Acebo, vizconde de la Torre; los Duques de Lugo, la Reina y el príncipe de Asturias. La infanta Cristina, radiante y muy sonriente, había descendido minutos antes de un Rolls-Royce descapotable acompañada de su padre, el rey don Juan Carlos. Al llegar al altar, el novio recibió a la infanta con un beso y ésta a su vez besó a su padre antes de ocupar su lugar al lado de Inaki Urdangarín. 

El vestido de la novia y las joyas que lució
La novia lució un traje firmado por Lorenzo Caprile. Un diseño realizado en seda valenciana de color marfil entre lo clásico y lo vanguardista. El traje estaba inspirado en la flor de lis, ligada a la heráldica de la Casa de Borbón. Liso por delante y labrado por detrás llevaba en la cola –de 3,25 metros- lirios de Santa Eulalia, azucenas y estrellas de nieve bordadas. 

La infanta Cristina eligió como joyas una diadema de gran valor histórico y sentimental para la Familia Real española: un diadema rusa del siglo XIX de oro y plata con diamantes, talla brillante y talla perilla, que pertenecía a su madre, la reina doña Sofía. Los pendientes, que habían pertenecido a la reina Victoria Eugenia y que le fueron regalados a doña Sofía por la Condesa de Barcelona., eran de medio aro del siglo XIX con una pareja de diamantes orla en talla de brillante montados en garra. 

Completaba el conjunto el velo, una joya de incalculable valor, que anteriormente había lucido la reina María Cristina de Austria, segunda esposa de Alfonso XII y que en la actualidad pertenece al Estado español, que lo compró en 1981.
La solemnidad y la sencillez del acto caracterizaron la ceremonia nupcial, para la cual la infanta Cristina eligió, al igual que su hermana Elena, como núcleo central del repertorio musical, ‘Misa de coronación’, de Mozart y ‘Aleluya’ de Haendel. Estuvo presidida por el arzobispo de Barcelona, monseñor Ricard María Carles, y estuvo ayudado por el arzobispo castrense José Manuel Estepa y el deán Joan Guiteras i Vilanova. 

La ceremonia
Marcaban las 11:35 minutos de la mañana del sábado 4 de octubre, cuando tras pedir la bendición a su padre con un leve movimiento de cabeza, la infanta Cristina le daba el sí quiero a Inaki Urdangarín. El Rey se emocionó visiblemente y los aplausos de los invitados se fusionaron con el clamor de la calle, de los miles de ciudadanos que se agolparon a lo largo de todo el recorrido que hizo el cortejo nupcial.

Los invitados
Asistieron a la boda unos 1.500 invitados entre miembros de las casas reales, representantes de las instituciones del Estado y de la sociedad civil. Se encontraban representadas diez monarquías reinantes: Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Suecia, Noruega, Liechtenstein, Mónaco y –lógicamente- España; la reina Noor de Jordania y el rey Letsie III de Lesotho, la emperatriz Farah Phalevi y su hijo Reza II, los representantes de las dinastías de Italia (Saboya y Aosta), Rumania, Bulgaria, Prusia, Brasil, Rusia, Francia, Grecia, Portugal, Yugoslavia, Marruecos, Kuwait, Brunei, Camboya, Bahrein, Japón, así como los representantes de los Habsburgo, Hannover, Würtenberg, Dos Sicilias, Borbón-Parma, Módena, Essen, Lowenstein...

El banquete
El banquete nupcial se sirvió en el Palacio de Pedralbes, residencia oficial de los Reyes en Cataluña. Situado en la avenida de La Diagonal, fue construido sobre unos terrenos donados por el Conde de Güell. Las obras iniciadas en 1919 finalizaron en 1926, año en el que fue entregado al rey Alfonso XIII. Desde las cuatro de la mañana, hora a la que se citó al personal encargado de preparar el banquete y servirlo, la actividad fue frenética en el Palacio. Más de 300 camareros (dos por cada mesa de diez comensales) y numerosos chefs y ayudantes de cocina, hicieron posible el banquete. 

Tan sólo cien personas compartieron mantel con los contrayentes en el comedor principal, doscientos más en los dos salones adyacentes y el resto en otras dependencias del palacio. Además de la cocina habitual se instalaron dos más, una en el primer piso y otra en la carpa exterior, en la que, decorada con tapices y alfombras de la Real Fábrica, se sirvió el aperitivo, previo al banquete. 

El menú nupcial consistió en sorpresa de quinoa real con verduritas y pasta fresca como primer plato, y lomo de lubina con suflé de langostinos y emulsión de aceite virgen como segundo. Un postre realizado a base de preludio de chocolate y crema inglesa, y la tarta nupcial de fresitas completó un banquete que se prolongó durante hora y media.